¿Por qué no me tocas?, entona. ¿Acaso no te gusto?
No te toco porque no sé. Siempre que lo intento me siento torpe y creo que te hago más mal que bien.
En su rincón aguarda a que un día me arranque y la acaricie, esa guitarra verde y desafinada.
Le gustaba bajar las escaleras de dos en dos, pero en aquella ocasión no contó con que los escalones eran impares.
En efecto, he descubierto cosas curiosas mirando hacia arriba: preciosos azulejos, cabezas de elefantes, águilas imperiales, etc. Pero jamás de los jamases pensé encontrarme un pulpo.
Ya no me acordaba de ella. Y, desde luego, no sería una de las personas a las que tendría en mente avisar en caso de que mi madre muriese. Pero ella sí lo hizo. Su madre murió y a mi me llegó la noticia a través de una amiga común a la que le había pedido que me informara.
Podría haber vivido perfectamente sin su memoria. Quizá, alguna vez, por un olor, por un sonido, hubiera venido a mi mente su recuerdo, borroso, lejano. Ajeno.
Pero ella sí se acordó de mi. En el peor momento de su vida me tuvo en mente.
Y yo no me acuerdo ni de su cara.
Decidió volver a casa andando. Apenas eran un par de kilómetros y esa nube que amenazaba lluvia no le intimidaba. "Total, serán cuatro gotas", se dijo.
Cuando hubo caminado unos pocos metros comenzó a chispear. Cuatro pasos más y la lluvia se hizo más recia. A la mitad del camino el agua ya caía intensamente y tuvo que correr para refugiarse a las puertas de un restaurante.
Agotada por la carrera, hincó sus manos en las rodillas e intentó coger aire. Su corazón latía fuerte y rápidamente. El sprint que había hecho, medio centenar de metros, había dejado en evidencia el escaso estado de forma en que se encontraba.
Su corazón se calmó poco a poco y levantó la mirada. Las gotas que le caían del pelo entraban en sus ojos y apenas veía siluetas que corrían de un lado a otro, escapando de la lluvia, como lo había hecho ella hacía unos minutos. Se limpió la mirada y vio a un chico que caminaba junto a una mujer. Ni guapo, ni feo. Alto, bien vestido. La señora le tenía cogido del brazo mientras él portaba el paraguas que les protegía a ambos de la lluvia.
Al paso del restaurante el joven fijó su mirada en sus ojos. Seguía resollando. Él mantuvo el gesto sereno, imperturbable pese a la lluvia, una sonrisa apenas insinuada y una mirada negra que se clavó en sus pupilas más tiempo del acostumbrado entre extraños. La señora le hablaba, pero él no atendía. Tampoco ella dejó de seguirle con la mirada, como si un hilo los hubiera unido.
- ¿Me estás escuchando?- le gritó la señora.
El chico giró su cabeza hacia la mujer y el hilo se rompió súbitamente, golpeándola en la cara. En ese instante dejó de llover. Despertó de su embobamiento y retomó su andadura, envuelta todavía en los ojos negros de aquel chico, ni guapo, ni feo, alto y bien vestido.

